lunes, 8 de septiembre de 2014

Sobre la droga

Coca-cola.
Café.
Alguna que otra aspirina.
Cócteles, whisky, cerveza.
Pastillas para dormir.
Una tarde en la ruleta.
Cigarros, caliqueños, porritos.
Speed, éxtasis, cocaína.
Un polvito solicitado en Tinder.
Una cita solicitada en Badoo.
Amores con aires de grandeza.
Personas con aires de quimera.
Leer a Punset, a Bucay, a Coelho.
Dibujarse un Dios y creerse la Bíblia.
Mirar al sol y a las musarañas.
Cantar un gol y besarse el escudo.
Morrearse, tocarse, mirar.
Disfrutar de un paseo junto a tu sombra.
Disfrutar de un libro junto a un árbol.
Abrazar a una madre.
Comer una buena fabada y tirarse un buen pedo.
Comprar unos zapatos a conjunto con la camisa.
Pintar un cuadro, tocar el violín, cantar
bajo la lluvia o tirarse en la cama
un día entero.

Aquél de ustedes
que nunca en su vida

se haya drogado,

que tire la primera piedra.

Quintí Casals

sábado, 6 de septiembre de 2014

Canción a mi madre

Mira, madre, a pesar de ser consciente
de todo aquello que se me ha ido de las manos,
a pesar de mis erupciones y de mis muchas
dudas,
nunca me quejé antes,
madre.

A pesar de ver 1000 videoclips idiotas al día,
a pesar de haber gritado demasiado,
nunca antes
dije nada.

Desde esos días dónde yo, incrédulo,
gateaba por las pasarelas de un hogar pequeño,
desde todos nuestros desacuerdos pertinentes a la misma
sangre y espacio, nunca osé si quiera pensar
que había alguna
refuta
sobre la mesa.

Pero hoy las cosas llegaron a su tope, madre;
hoy las páginas del poema cayeron
y el día se vertió
en un blanco
monocromático.

Hoy las palomas dejaron de llegar a tiempo,
hoy las palabras silbaron y los puntos finales
escasearon demasiado
en la despedida
del ruiseñor.

Nunca osé decirte nada, madre.
Nunca quise hacerte preguntar.
Mas siento, incluso, que callado estoy.

Pero es que el cuadrado
esta vacío, madre.

Es que aquellos, todos aquellos
que circunvalan las rotondas y las avenidas
de esta puta ciudad,
todos esos brazos, todos esos ojos,
todas esas sonrisas
pactadas como estables
en el oscuro recibidor del buen ciudadano,
saben que yo
nunca
sabré volar.

Toda esa gente que
me mira como raro, que me mira sin entender,
que me mira, incluso, algunas veces
como si yo fuera un
grave paciente
de una no conocida
enfermedad emocional,
sabe que yo no apago siempre
a su debido tiempo
el ordenador.

Ay, madre, tú que todo lo entiendes,
tú que el timón controlas,
arréglame la mirada,
fraccióname en pedazos
como lo hiciste
con la zanahoria.

Llévame allí dónde no haya
polígonos industriales,
arrástrame allí dónde no llegue el humo
de las centrales nucleares.

Ay, madre,
que esta carne se me hizo agria,
que esta geometría basada
en mostrarse y acicalarse
no me agrada.

Devuélveme, tú que me amas
más allá del amor,
allí dónde la tranquilidad sea justicia,
allá dónde las nubes se hagan prietas
y pueda caminar
sin destino.

Ay, madre,
no me dejes aquí
aplastado
entre las líneas de lo convencional.

Ay, madre,
no vuelvas a marcharte
cuando se me haga
corto
el abrazo.

Ay, madre,
tú que me engendraste en este
huracán
de soberbias y responsabilidades,
tú que siempre me dijiste
que hiciera bondad...

devuélveme, oh devuélveme,
madre,

allí dónde todo sea éter,
a ese lugar próspero,
voluptuoso,

que es el cuenco
de tu vientre.

Quintí Casals

martes, 2 de septiembre de 2014

Simetría no estable

Asimismo como el perro abandonado de su amo
o la hiedra desheredada de su raíz,
así como el zapato y sus cordones,
el cuerpo se asemeja
ciertamente
a una piedra de aire,
a una piedra de luz.

Asimismo
como el condón usado del lavabo de discoteca
o como la leche sin lactosa de la vaca transgénica,
el cuerpo se sucumbe
poco a poco
en una cascada de agua
adentrada malogradamente
en los muelles
del tiempo soluble, del espacio finito.

Y lo que queda después de la
fechoría
del límite sensorial del cuerpo
y lo que traspasa de la misma forma
su casualidad y su destino,
no es más que un monigote tangible, eyaculante;
no es más que un gran hombre invisible
en color y relieve.

Sin embargo, doctores, psicólogos, sociólogos
y demás
te contarán en magistrales y doctas clases
cómo el miedo se materializa en la memoria,
cómo el vértice sanguíneo delimita los andares,
cómo órganos, cerebro y corazón
nos levantan
mañana tras mañana
de la cama.

Mas mejor no los creas,
el cuerpo más que una
máquina
de beber orujos y comer calamares,
es una interminable y ociosa
bolsa de basura.

El cuerpo,
imbécil pretérito en búsqueda de la felicidad,
se rellena, atiborra, acrecienta
contínuamente
-en un intento de identidad-
de ideologías fluctuantes
entre utopía y progreso,
de épicas morales de todo a cien,
de amores guarros,
perecedores, (tamaña vez sinceros)
que germinan
entre el ir y venir.

El cuerpo, triste como el calefactor de montaña,
lejano como el aire acondicionado de mando a distancia,
se calienta, se enfría,
se pudre, se aleja
conforme el razonamiento o la situación
lo confíen.

Sinuoso por el presente,
enmohecido por el futuro y el pasado,
vive eternamente
asustado
entre la rabia y la idea,
agrietado
entre la estabilidad y la entreguerra.

Ya que el cuerpo no es sólo aquello que come,
sino que también es aquellas heces que caga.

Es némesis de esquina
y pertenece a todo aquello porque sonríe,
traspasa todo aquello por lo que celebra.

Mas a veces, no obstante,
se desmorona en la trastienda del pasado,
se enrebasa en preguntas y deformidades
y, tonto de él, el cuerpo,
confía demasiado
en el espectáculo del mundo.

Entonces el cuerpo sufre, entonces el cuerpo llora.

Y, aunque los padres y madres no lo quieran,
el cuerpo es así: imperceptible, impenetrable.

El cuerpo, nos duela a los cuerpos o no,
no es cuerpo hasta que cree que es cuerpo;

por lo tanto el cuerpo no existe,
por lo tanto el cuerpo no ocurre...

hasta que la clarividencia de estar pagando
el telepeaje de la vida
se sentencia en sus escrotos

y el incendio perpendicular de la
desmedida muerte
agrieta
sus músculos y dientes

en la nada de lo incierto.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Canción mundana

¡Oh, mundo, áspero y salvaje mundo...
disuélvete en mis manos!

¡Oh, mundo,
perdido en la geometría del azar,
ensimismado en la carretera del instante...

yo te nombro
equidistante

en el ano del vacío!

Quintí Casals

Volver

Cuán terrible es la triste enmienda de volver;
cuán ortodoxa, cuán correcta, cuán lúgubre
es el volver a empezar, el volver a partir.

Volver al hogar, a la costumbre, al principio.
Volver a acertar, a equivocarse.
Volver a volver.

Cuán terrible es volver
a los anales de la periferia,

el regresar
al apellido circular
de la avenida y la esquina.

Cuán terrible es la redención, la mano tendida
y cuán difícil aceptar cuánto la célula necesita

escapar de volver al olvido,
olvidar cómo volver.

Quintí Casals

sábado, 23 de agosto de 2014

Árboles invisibles

Acostado durmiendo con un ojo abierto,
Esperando
Que nada, nada ocurra.

Mark Strand

¿Y qué es lo que pasa
si cada vez que miro al ladrillo
me doy cuenta de que siempre
seguirá
todo
igual?

¿Y si, después de todos estos años,
llueve en invierno unas dos veces al mes
y los juguetes se quedan viejos conforme
el polvo se agrieta...

por qué andar una y otra vez
de la misma forma?

¿Por qué divagar, extraviado, con ramos de flores
en las manos,
repeinado, grácil y borracho,
en busca de aquella persona
que quiera morir conmigo?

¿Por qué merodear
siempre con los mismos giros, las mismas vistas,
por qué siempre revolcarse
en el mismo proceder fácil,
bonito,
fugaz,
de servirse en vasos, papeles o tarjetas
el flacucho y apagado
placer
de poseer las cunetas perdidas,
de tumbarse sobre
las vacaciones abandonadas?

¿Por qué siempre
los mismos acordes,
la misma guitarra,
por qué constantemente
los mismos
ojos
encharcados?

¿Y si ya no hay pantanos que cubran la sequía,
si el amor se acumula como tumores en el cuerpo...

por qué tiene que doler en ciertos días la sangre
por qué carajos tiene uno
que resolver sus sinrazones
y sus problemas?

¿Y si siempre tenemos los seres sociales
que hablar, sonreír, pactar,
y si siempre, como tontas y esparcidas
moscas, tenemos que sentirnos
aceptados...

por qué no dejar de una vez por todas
que las flores
crezcan
para dentro?

¿Y si, además,
tontos de nosotros
tenemos continuamente
que humillarnos
en la chaqueta arrugada
del porvenir

por qué querer alargar la paja
por qué ansiar sentir en la piel el agua
por qué absorber, en carne y hueso,

esta oscura, débil, puta
razón de vivir

que es la realidad?

Quintí Casals

miércoles, 20 de agosto de 2014

Guiri

Ah, guiri sudado y rojo,
con carro, con mujer peluda, con chancleta y calcetín...
¿Por qué viniste a invadir mi patria, mi bandera?
¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora?
¿Quién te quiso con tus curiosidades y guías turísticas?

Entiendo lo de viajar,
entiendo cuánto un hombre necesita evadirse
-ah, tú no sabes cuán buen nómada puedo yo ser-...
pero no entiendo tu cocido madrileño en Barcelona,
tu sombrero mejicano en Taiwan.
Tampoco quiero saber qué haces en tu asqueroso hotel
con tus putas cuatro estrellas todo incluido.
Y, además, no me gustan tus andares,
no me gustan tu forma de toser, tu formar de mirar
sobre el trastero de mi país.

Ah, guiri sudado y rojo...
beber, ir a la playa, quizás pillar marihuana,
pagar, darte un atracón, buscar la felicidad durante tus 15 días de permiso.

¿Quién te has creído que eres?
¿Adónde coño vas, pobre diablo?

Retozando entre carnes y sitios de interés,
lavando tus dientes con pasta emigrante,
recorriendo provincias y comarcas con tu labia astral.

¿Cómo pudiste pensar que este sitio era la luna?

Ah, guiri sudado y rojo, abogado de la miseria, carmín emocional...
si de verdad quieres escapar de tus ancestros,
si de verdad has llegado en este aeropuerto para algo...

acepta que ya no eres puro, que ya te burlaste demasiado,
reniega la ecuación, disputa la respuesta imposible
y, enemigo mío,
hazte un favor, un afable y recatado favor,

cesa de actuar como Tintin en sus aventuras,
deja de figurar en otra parte.

Ya hace demasiado
que te fuiste

para siempre

de tu raíz
y de tu árbol.

Quintí Casals